1930 (26 de septiembre): El giro de la Internacional Comunista y la situación en Alemania
3. La pequeña burguesía y el fascismo.
Para que la crisis social pueda desembocar en la revolución proletaria es indispensable, aparte de otras condiciones, que las clases pequeñoburguesas se inclinen de forma decisiva del lado del proletariado. Eso permite al proletariado tomar la cabeza de la nación y dirigirla.
Las últimas elecciones revelan una tendencia en sentido inverso, y ahí es donde reside lo esencial de su valor sintomático. Bajo los golpes de la crisis, la pequeña burguesía ha basculado, no del lado del proletariado, sino del lado de la reacción imperialista más extremista, arrastrando a capas importantes del proletariado.
El crecimiento gigantesco del nacionalsocialismo refleja dos hechos esenciales: una crisis social profunda, que arranca a las masas pequeñoburguesas de su equilibrio, y la ausencia de un partido revolucionario que, desde este momento, juegue a los ojos de las masas un papel de dirigente revolucionario reconocido. Si el partido comunista es el partido de la esperanza revolucionaria, el fascismo, en tanto que movimiento de masas, es el partido de la desesperanza contrarrevolucionaria. Cuando la esperanza revolucionaria se apodera de toda la masa del proletariado, éste arrastra inevitablemente tras de sí, por el camino de la revolución, a capas importantes y cada vez más amplias de la pequeña burguesía. Sin embargo en este dominio, las elecciones ofrecen precisamente la imagen opuesta: la desesperación contrarrevolucionaria se ha apoderado de la masa pequeñoburguesa con tal fuerza que ha arrastrado tras de sí a capas importantes del proletariado.
¿Qué explicación puede tener esto? En el pasado hemos podido ver un reforzamiento brusco del fascismo (Italia, Alemania), victorioso o, al menos, amenazante, después de una situación revolucionaria agotada o echada a perder, a la salida de una crisis revolucionaria en el curso de la cual la vanguardia proletaria había mostrado su incapacidad para ponerse a la cabeza de la nación, para transformar la suerte de todas las clases, incluida la de la pequeña burguesía. Es precisamente esto lo que ha dado su enorme fuerza al fascismo italiano. Pero hoy, en Alemania, no se trata de la salida de una crisis revolucionaria, sino de su aproximación. Los funcionarios dirigentes del partido, optimistas por su oficio, sacan la conclusión de que el fascismo, llegado "demasiado tarde", está condenado a una derrota rápida e inevitable (Die Rote Fahne). Esta gente no quiere aprender nada. El fascismo llega "demasiado tarde" si nos referimos a las crisis revolucionarias pasadas. Pero aparece "demasiado pronto" -en el alba- con relación a la nueva crisis revolucionaria. Que haya tenido la posibilidad de ocupar una posición de partida tan fuerte en la víspera de un período revolucionario, y no al final del mismo, no es una debilidad del fascismo, sino una debilidad del comunismo. La pequeña burguesía, por consiguiente, no tiene necesidad de nuevas desilusiones en cuanto a la incapacidad del partido comunista para mejorar su suerte; se basa en la experiencia del pasado, se acuerda de las elecciones del año 1923, de los saltos caprichosos del curso ultraizquierdista de Maslow-Thaelmann, de la impotencia oportunista del mismo Thaelmann, de la bravuconada del "tercer periodo", etc. El fin, y esto es lo esencial, su desconfianza con respecto a la revolución proletaria se nutre de la desconfianza que millones de obreros socialdemócratas experimentan frente al partido comunista. La pequeña burguesía, a pesar incluso de que los acontecimientos la han apartado completamente de la rutina conservadora, no puede ponerse del lado de la revolución social más que si esta última cuenta con la simpatía de la mayoría de los obreros. Esta condición, muy importante, se echa de menos precisamente en Alemania, y no es por azar.
La declaración programática del partido comunista alemán antes de las elecciones estaba entera y únicamente consagrada al fascismo como enemigo principal. Sin embargo, el fascismo ha salido vencedor de las elecciones, habiendo reunido no solamente a millones de elementos semiproletarios, sino también a cientos de millares de obreros industriales. Esto demuestra que, a pesar de la victoria parlamentaria del partido comunista, la revolución proletaria ha sufrido globalmente en estas elecciones una grave derrota, que evidentemente no es decisiva, pero que es un preliminar, y que debe servir como advertencia y puesta en guardia. Puede convertirse en decisiva, e inevitablemente lo hará, si el partido comunista no es capaz de valorar su victoria parlamentaria parcial en relación con esta derrota "preliminar" de la revolución, y de sacar todas las conclusiones necesarias.
El fascismo se ha convertido en un peligro real; es la expresión del estrecho callejón sin salida en que se encuentra el régimen burgués, del papel conservador de la socialdemocracia frente a este régimen y de la debilidad acumulada del partido comunista, incapaz de derribar dicho régimen. Quien quiera que niegue esto es un ciego o un fanfarrón.
En 1923, Brandler, a pesar de todas nuestras advertencias, sobrestimó monstruosamente la fuerza del fascismo. De esta apreciación errónea de la correlación de fuerzas ha nacido una política defensiva, compuesta de atentismo, evasionismo y cobardía. Esto es lo que ha perdido a la revolución. Semejantes acontecimientos no pasan sin dejar huella en la conciencia de todas las clases de la nación. La sobrestimación del fascismo por la dirección comunista ha dado origen a una de las causas del reforzamiento posterior de aquél. El error contrario, es decir, la subestimación del fascismo por la dirección actual del partido comunista, puede llevar a la revolución a una derrota todavía mucho más grave para muchos años.
El problema del ritmo de desarrollo que, evidentemente no depende solamente de nosotros, confiere a este peligro una particular agudeza. Los accesos de fiebre registrados por la curva de la temperatura política y revelados por las elecciones permite pensar que el ritmo de desarrollo de la crisis nacional puede ser muy rápido. En otras palabras, el curso de los acontecimientos puede, en un futuro muy próximo, hacer resurgir en Alemania, a un nivel histórico nuevo, la contradicción trágica entre la madurez de la situación revolucionaria, por una parte, y la debilidad e insuficiencias estratégicas del partido revolucionario por la otra. Hay que decirlo de un modo claro, abierto, y, sobre todo, suficientemente pronto.